La casa

Hace exactamente un par de años estaba en Bogotá planeando de afán un viaje de seis meses a Vancouver, en parte porque quería correr lejos de las relaciones que sin conciencia había construído con los que más quería en ese momento y en parte porque me dio la sed de conocer el mundo que tiene a tantos de mi generación con la lengua afuera. Finalmente el Agente 42, 18 o 7 de la embajada de Canadá negó mi visa y resulté viajando al Reino Unido. Mejor, al fin y al cabo no me convenía ir a un país en el que los trabajadores de sus embajadas no tienen permitido llamarse por sus nombres, sino por números precedidos por la palabra «agente».

En Inglaterra conocí a personas que —por primera vez— me dieron una lección práctica de la variedad del planeta. Mientras me volvía más inteligente viviendo lejos de lo que había sido mi casa, encontré un grupo de compañeros de aventuras que hoy considero entre mis mejores amigos. Un día caminando por Dean Park me di cuenta que tenía una rutina, varios seres queridos y una serie de lugares frecuentes que se habían vuelto mi mundo familiar. Decidí que el conjunto formaba muy bien eso a lo que se refiere la palabra home.

Recientemente, en Beijing, recibí la visita de Kenji, uno de esos good fellows que me encontré en Gran Bretaña, entonces sí que me sentí en casa. Con una infancia de cinco o seis trasteos y la sensación que el lugar en el que dormía nunca era definitivamente mío, el flat compartido, mis amigos y la rutina en Inglaterra fueron la primera muestra de esa nueva noción de casa. Aunque estaba dicho desde el principio que esa vida en Gran Bretaña era temporal, fue la primera que construí yo solita (con una generosa ayuda económica de mi mamá) y la primera en la que el sol con frío de las mañanas me bastaba para sonreír.

Kenji se sintió como el calorcito de llegar a lo conocido. Antes de recibir a mi amigo estaba en Pingyao con mis compañeros de clase. Para encontrarme con él vine a Beijing por mi cuenta en una jornada extenuante que incluyó flota china, taxi, tren bala y metro. Probé que al menos he aprendido mandarín de supervivencia. Después de semejante faena llegué a mi cuarto y pensé «Finalmente en casa», resultó que estaba equivocada. Al día siguiente, cuando me encontré sin Eileen y Lauris, mis amigas más cercanas, me di cuanta que estaba lejos.

Apuesto que la sensación se repite entre la juventud nómada. La casa no es el techo y las paredes que me esperan en Bogotá, sino los momentos y los lugares en los que estoy con las personas queridas. No necesito estructuras, sino compañías. A propósito, y para que haya valido la pena leer este post más allá de los chismes, recomiendo «Entre la revolución y la cotidianidad» un artículo corto que salió en la edición de verano (me pregunto cuál si se imprime en Bogotá) de la Revista Exclama sobre la Casa Básica del diseñador español Martín Azúa; una casa que se dobla y se lleva en el bolsillo para «una sociedad donde la movilidad es un concepto que cada vez impacta más facetas de la existencia».

Cariños desde China,

Laura
Beijing, noviembre 21 de 2013

**Este post, para seguir con la onda cursi, está dedicado a mis amigos. A los que son familia, pero sobre todo amigos. A los que fueron muy cercanos y ahora ya no tanto. A los que están cada día en mi cabeza aunque no les escriba. A esos con los que crecí, y se apartaron para continuar aprendiendo por su cuenta. A los que también están con la maleta al hombro explorando el mundo. A los que veo cada día en clase de Mandarín, mi cuarto, la cafetería y todas las aventuras que China ha traído. A los que me mostraron las familias (extendidas) que se pueden formar cuando uno crece y le dice a sus hijos que sus amigos son sus tíos y los hijos de ellos sus primos. Gracias también a los amigos de mi mamá que me quieren por extensión. Finalmente agradezco a Daniela Escobar porque las dos frases que escribió en mi perfil me pusieron a madrugar para desempolvar este escrito con la única intensión de publicarlo antes que ella se vaya a la cama y salude al 21 de noviembre que ya transcurre en este (no tan lejano) oriente.